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lunes, 21 de agosto de 2017

BARCELONA, AGOSTO DE 2017

Primavera de 1999
Esperaba el autobús para dirigirme, acompañado de mis padres, al Borne, céntrico barrio de Barcelona, que aún mantenía entre sus calles, el recuerdo de un tiempo más esplendoroso. A punto de acabar el siglo XX, el Borne al igual que el resto de la ciudad, habían visto pasar a millones de personas, barceloneses y foráneos que dejaron una efímera imprenta y un legado de nombres, ya olvidados. Otros con mayor fortuna, dejaron para el recuerdo de todos sus habitantes, diferentes elementos en la ciudad. Señores, y escasas señoras, crearon una ciudad mausoleo, y hoy, muchos barceloneses, conviven con legados de Manuel Girona, Francesc Cambó o Frederick S. Pearson. Sin embargo, el silencio de la noche en aquellas callejuelas con olor a orines y salitre, no estaba vacío, lo llenaban historias de unas gentes, que no eran civitas de la cresta, sino de clases populares. Locales cerrados a cal y canto, que anteriormente habían sido licorerías, mercerías, tiendas de electricidad o tiendas de ultramarinos, y que ahora esperaban su momento para volver a subir la persiana. Fondas y pensiones, parroquias, casas-fábrica, mercados y un montón de lugares donde sus gentes concurrían y les permitían mantener un mínimo de contacto.
Los catalanes siempre hemos sido gentes de "fer les coses a casa". Y esta expresión, no sólo hace referencia a la multitud de casas-taller e incluso fabriles que se extendían por el centro de Barcelona, sino también, a la idea de realizar los negocios en casa. Por muchos sitios de Catalunya, encontramos "Can tal", o lugares con "Mas cual", un aviso al viajero, para advertirle de que en ese lugar regían las normas de la casa. Tener tu "Can" en un sitio en el que la luz del sol poco se acercaba al suelo, te obligaba a compartir el espacio con otros señores. El roce hace el cariño, sin embargo, en aquella ciudad del XIX, tan densamente poblada, poco se conocía al vecino, limitando su contacto, por lo general, a espacios públicos, como el mercado o las celebraciones religiosas.
Por fin llegó, el autobús, el 64. Su recorrido desde la calle Muntaner hasta Pla de Palau, discurría por el trazado de la antigua muralla, pasaba por el Mercado de San Antonio, el primer mercado que se levantó extramuros, llegaba a la zona de varietés del Paralelo para dirigirse al Portal de la Pau, con la estatua de Colón, la Drassana, los antiguos edificios de la Aduana portuaria y diferentes sedes militares. El bus, continuaba por el Paseo de Colón, pasando la Plaza del Duque de Medinaceli llegaba al cruce de Vía Laietana. El puerto viejo, quedaba a la derecha, a la izquierda, imponentes, dos palacios, el de Correos y el de la Lonja. Superados, llegamos a Pla de Palau, hizo el bus un giro a la derecha en dirección Barceloneta, y nos apeamos en la parada que estaba sita al margen de la Facultad de Naútica. Presidiendo el centro de la plaza, una fuente con un duende.  Cruzamos sin prisa, nadie nos acompañaba en contrasentido y por fin, entramos en el Borne.
Imran, regenta una modesta pensión desde 1996, no habla español, pero entiende bien el idioma. El catalán, es una tarea pendiente. Aquella noche, Imran había ido a cenar al Bar La Ribera cerca de la Catedral del Mar. Ya era viejo conocido del dueño, Ismael, un extremeño que había venido con sus padres a vivir a Barcelona en 1968. Después de trabajar como camarero en diferentes locales, algunos de renombre como "Els quatre gats" o el "Zúrich", Ismael asumió el traspaso de la Ribera.
Imran, escaso en comunicación con las gentes del barrio, sin embargo se mostraba  cercano a  Jordi, el señor que ocupaba la mesa contigua. Hace unos meses, Jordi hizo una gestión en su nombre, y desde entonces, Imran siempre mantenía una pequeña charrada, incluso sentía curiosidad por el bienestar familiar, todo ello, haciendo servir el poco vocabulario que sabía del castellano.
La decadencia del Borne, sin embargo, se había mantenido alejada, de uno de los males de la Barcelona de finales del siglo XX,  la droga. En otras zonas cercanas, como los entornos de la Plaça de la Mercé, los viajes, no sólo se hacían para visitar a otra persona o un lugar, sino que algunos trascendían a mundos oníricos, incluso a la muerte. La plaza del Tripi, era un cruce de caminos, y en sus rincones, convivían residentes con sus diferentes vicios. La atención social que se disponía, intentaba mantener un control estadísticos de la población toxicómana y de los afectados por SIDA.
No muy lejos de la Plaza del Tripi, oficialmente Plaza de George Orwell, aparece el Barrio Gótico, quizás el primer parque temático de Catalunya, cuya fisionomía actual, es heredera de los designios de los burgueses, quienes quisieron reformular el antiguo Barrio de San Roque en un espacio gótico, incluso trayendo piedra a piedra edificios de la Edad Media, de otros lugares de Catalunya. Pero, el efecto estaba hecho, miles de turistas se movían por sus calles cámara en mano, retratando tal palacio, tal iglesia.
Llegamos al final del viaje, estoy realmente cansado. Los días en Barcelona se hacen largos. Marchamos de la Ribera y volvemos a nuestra casa temporal, en el portal,  nos saluda Montserrat, una señora de setenta años y vecina del Borne desde su nacimiento. Le sorprendía que una familia del "país" decidiera venirse a vivir al barrio. Los más jóvenes, preferían mudarse con sus familias a las localidades del área metropolitana. Ahora, muchos pisos estaban descuidados porque nadie los atendía y esperaban, una mejor suerte. Montserrat hablaba poco a lo largo del día, sus hijos vivían en una de esas ciudades dormitorio y sus vecinos, poco a poco se había marchado. Ella nos decía, que en realidad, sólo se hablaba con dos, porque el resto de residentes, eran muy reservados. El día del fallecimiento del Sr. Quintín, muy suyo en sus cosas de casa, descubrieron que debajo del colchón, tenía guardado, en pesetas de Franco, el dinero que había ganado como premio al acertar el pleno en una quiniela, por allá a mediados de los 70. En la saca, a parte de los billetes, encontraron la copia del boleto, un mensaje post mortem, para aclarar que la procedencia del dinero era legal. Por supuesto, el Barça ganaba al Espanyol en aquella quiniela tan provechosa.
La noche oscura, sin estrellas en el firmamento, la luz de las farolas, monotonía cromática, el silencio roto por el ladrido de un perro o el sonar de un teléfono y la respuesta en un idioma extranjero.  Barcelona es miscelánea, desde el mismo momento que se abrió al mar, atravesó los límites de la muralla y atrajo a miles de personas buscando una oportunidad. Cada persona, deja una huella invisible que forma una idiosincrasia única en España. La identidad de identidades de la ciudad condal, acabará, sin embargo, el día que esa riqueza que aún sobrevive en los barrios, se pierda.

En recuerdo de todas las voces que se apagaron por el terror

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